El ayuno que abrió una puerta
El Camino de Vuelta · Capítulo 3
Mirando atrás, no creo que hiciera mi primer ayuno por salud.
Lo hice porque estaba buscando respuestas.
Desde muy joven sentía una curiosidad difícil de explicar. Me preguntaba quiénes somos, por qué estamos aquí y si existía algo más allá de la realidad cotidiana.
Cuando tenía trece años les pedí a mis padres que me dejaran bautizarme.
Lo curioso es que en casa nunca habíamos ido a la iglesia.
Durante un año asistí a clases de catequesis cada miércoles para prepararme.
Pero algo no terminaba de encajar.
No buscaba simplemente creer en algo.
Buscaba una experiencia.
Años más tarde, mientras estudiaba mi Máster en Fisiología del Ejercicio y Metabolismo en Austin, Texas, esas preguntas seguían vivas dentro de mí.
Por fuera, mi vida parecía encaminarse hacia una carrera en el mundo de la salud y el rendimiento.
Por dentro, seguía buscando algo más profundo.
Fue entonces cuando apareció el yoga.
Y con él, una forma completamente diferente de entender la espiritualidad.
No como un conjunto de creencias.
Sino como una práctica.
Una exploración directa de la experiencia humana.
Mi profesor de yoga hablaba de meditación, respiración, consciencia y ayuno con una naturalidad que me fascinaba.
Un día propuso algo que me pareció completamente absurdo.
Un ayuno seco de 36 horas.
Sin comida.
Sin agua.
Hasta ese momento jamás había considerado hacer algo así.
Recuerdo sentir curiosidad y miedo al mismo tiempo.
Pero había algo en mí que confiaba.
Algo que quería descubrir qué había al otro lado de mis límites conocidos.
Así que acepté.
Pasé gran parte de ese día en casa.
Vivía en una cooperativa estudiantil donde compartíamos comidas, tareas y espacios comunes. Era una de mis primeras experiencias de vida en comunidad.
Recuerdo estar tumbado en la cama durante largos periodos.
Salir a caminar un rato con mi novia.
Sentir el calor húmedo del verano tejano.
Y notar una sensación extraña en mi cuerpo.
Menos energía.
Menos peso.
Menos densidad.
Como si estuviera ligeramente suspendido entre dos mundos.
Fue difícil.
Tuve hambre.
Tuve sed.
Me sentí cansado.
Pero también apareció algo inesperado.
Por primera vez observé que no tenía que responder automáticamente a cada impulso.
El hambre aparecía.
Y podía simplemente observarla.
La incomodidad aparecía.
Y podía permanecer con ella.
Era una experiencia completamente nueva.
Hasta entonces había pensado que los impulsos debían satisfacerse.
Ese día descubrí que también podían observarse.
A la mañana siguiente llegó la parte final del proceso.
Había que beber una gran cantidad de agua tibia con limón y sal para provocar una limpieza intestinal.
Recuerdo beberla.
Y poco después vomitar.
Después seguí.
Y finalmente llegó la purga.
Todo el proceso me pareció intenso.
Extraño.
Incluso un poco extremo.
Pero también sentí que había descubierto algo valioso.
Los yoguis llamaban a estas prácticas kriyas: técnicas de purificación.
Por primera vez entendí que el cuerpo podía ser cuidado de maneras que jamás me habían enseñado.
Con el tiempo seguí ayunando.
Una vez al mes.
A veces dos.
Y poco a poco comprendí que el ayuno nunca había sido realmente sobre la comida.
Era sobre la relación conmigo mismo.
Era sobre descubrir que era capaz de hacer cosas que antes consideraba imposibles.
Era sobre desarrollar confianza.
Disciplina.
Presencia.
Y quizás, sobre todo, era una forma de crear espacio.
Espacio para escuchar.
Espacio para sentir.
Espacio para encontrar respuestas que no podían surgir en medio del ruido constante.
Hoy, casi veinte años después, sigo ayunando regularmente.
He acompañado a miles de personas en procesos de ayuno y alimentación consciente.
Pero cuando pienso en todo ese recorrido, vuelvo a aquel joven de 23 años caminando bajo el calor de Austin.
Buscando sentido.
Buscando respuestas.
Sin saber que aquel primer ayuno era mucho más que una práctica.
Era el comienzo de un camino.
Ben Dessard.