El día que descubrí el silencio

El Camino de Vuelta · Capítulo 2


La respuesta comenzó a aparecer donde menos lo esperaba.

Descalzo.

Sobre una esterilla de yoga en Austin, Texas.

En aquella época estaba cursando un Máster en Fisiología del Ejercicio y Metabolismo en la Universidad de Texas.

Pasaba mis días estudiando hormonas, diabetes, nutrición, rendimiento deportivo y metabolismo.

Me fascinaba entender cómo funcionaba el cuerpo humano.

Y sin embargo, mi propia vida estaba bastante lejos de aquello que estudiaba.

Después del final de mi carrera como futbolista, algo dentro de mí seguía perdido.

Había tristeza que no había terminado de procesar.

Había preguntas sin respuesta.

Y, aunque entendía perfectamente lo que significaba comer bien, la realidad era que muchas veces terminaba refugiándome en hamburguesas, patatas fritas y comida rápida.

Por primera vez en mi vida estaba ganando peso.

Por primera vez me sentía incómodo en mi propio cuerpo.

Y lo más curioso era que toda la información que tenía no parecía suficiente para cambiar lo que estaba ocurriendo.

Sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Y aun así no lo hacía.

Fue entonces cuando apareció el yoga.

La verdad es que llegué casi por casualidad.

Mi pareja de aquel entonces me invitó a una clase en el campus universitario.

Yo no buscaba nada especial.

No estaba interesado en la espiritualidad.

Ni en la meditación.

Ni en convertirme en profesor de yoga.

Simplemente fui.

Recuerdo que la clase fue bastante sencilla.

Algunos movimientos.

Algunas posturas.

Nada extraordinario.

Pero al final de la práctica nos tumbamos en el suelo para relajarnos.

Y algo ocurrió.

Todavía recuerdo la voz del profesor.

Nos invitó a sentir cada célula del cuerpo vibrando en el espacio.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de luchar.

Dejé de pensar.

Dejé de intentar resolver mi vida.

Sentí espacio.

Espacio dentro de mí.

Una sensación de calma tan profunda que todavía hoy me cuesta describirla con palabras.

Como si hubiera pasado años viviendo con ruido de fondo sin darme cuenta.

Y de repente alguien hubiera bajado el volumen.

Aquella experiencia duró solo unos minutos.

Pero fue suficiente.

Algo dentro de mí supo que quería volver.

No porque hubiera encontrado respuestas.

Sino porque había encontrado una pregunta nueva.

¿Qué ocurre cuando dejamos de correr constantemente hacia fuera y empezamos a mirar hacia dentro?

Poco a poco empecé a frecuentar ese círculo de personas.

Yoguis.

Meditadores.

Vegetarianos.

Personas que hablaban de cosas que nunca antes habían formado parte de mi mundo.

Conciencia.

Presencia.

Ayuno.

Meditación.

Al principio todo aquello me parecía extraño.

Pero también profundamente fascinante.

Por primera vez escuchaba que la salud podía ser algo más que músculos, calorías y rendimiento.

Que existía una relación entre la forma en que comemos, la forma en que respiramos, la forma en que pensamos y la forma en que vivimos.

Y fue allí donde escuché hablar por primera vez del ayuno.

No como una herramienta para perder peso.

Sino como una práctica de observación.

Como una oportunidad para mirar hacia dentro.

La primera vez que lo intenté fue durante un Ekadashi, una tradición yóguica que propone ayunar dos veces al mes.

Fue difícil.

Mucho más difícil de lo que esperaba.

Pero también me enseñó algo que nunca había aprendido en un laboratorio.

Cuando dejamos de alimentar constantemente nuestros impulsos, empezamos a escucharnos de otra manera.

Y esa escucha iba a cambiar mi vida.

Porque un año más tarde, en lugar de continuar con un doctorado, tomaría una decisión que sorprendería a muchas personas a mi alrededor.

Compré una mochila.

Un billete de avión.

Y puse rumbo a la India.

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