Cuando el fútbol dejó de ser mi camino
Esta es la primera entrega de una serie de relatos personales en los que compartiré algunos de los momentos, aprendizajes y experiencias que más han transformado mi manera de entender la salud, la espiritualidad y la vida.
Espero que alguna parte de estas historias resuene también con tu propio camino.
Durante años pensé que sabía exactamente quién era.
Era futbolista.
Todo en mi vida giraba alrededor del fútbol. Entrenaba, competía, viajaba y soñaba con llegar lo más lejos posible. El fútbol me había llevado desde el campo francés donde crecí hasta los Estados Unidos, donde conseguí una beca completa para jugar en la Universidad de San Francisco.
Recuerdo perfectamente aquella época.
Tenía 18 años y sentía que el mundo se abría ante mí.
Después de participar en varios torneos en los Estados Unidos, más de veinte universidades me habían contactado ofreciéndome distintas becas deportivas. Cuando la Universidad de San Francisco me llamó, les dije algo que cambió mi vida.
Les dije que mis padres no podían permitirse pagar nada y que, si querían que fuera, tendría que ser con una beca completa.
Era un farol.
Pero funcionó.
Dos semanas después de aceptar la oferta, me rompí el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda durante el torneo Disney en Florida.
Mi aventura americana aún no había comenzado y ya estaba lesionado.
La universidad mantuvo la beca y pospuso mi incorporación unos meses.
Pensé que era solo un obstáculo.
No sabía que era el comienzo de una transformación mucho más profunda.
Después de meses de rehabilitación conseguí volver a jugar. Poco a poco recuperé la confianza y las sensaciones. Sentía que estaba encontrando de nuevo mi lugar.
Hasta que ocurrió otra vez.
Esta vez fue la rodilla derecha.
Recuerdo el grito.
Años después, un amigo me contó que lo escuchó desde la cabina “Press” de cristal al otro lado del campo.
No era solo dolor.
Era desesperación.
Era la sensación de ver cómo el sueño al que había dedicado tantos años se alejaba una vez más.
Al día siguiente estaba entrando en quirófano.
Semanas después caminaba con muletas por los pasillos de la universidad.
Semanas después volvía a entrenar.
Y cuando por fin parecía que todo estaba encajando, apareció otro golpe inesperado.
Después de mi primer partido de regreso empecé a sentir un dolor intenso que bajaba desde la espalda por toda la pierna.
Las pruebas médicas confirmaron el diagnóstico: espondilolistesis.
Todavía recuerdo las palabras del cirujano.
“Si quieres poder cargar a tu hijo cuando tengas cuarenta años, deja el fútbol ahora.”
Aquella frase me atravesó por dentro.
Sentí rabia.
Sentí tristeza.
Sentí una profunda sensación de injusticia.
Algo que amaba, algo que me hacía sentir vivo, algo que me había llevado al otro lado del mundo, desaparecía de repente.
Y con ello desaparecía también una parte de mi identidad.
Durante años me había definido como futbolista.
Entonces apareció una pregunta que nunca me había hecho:
¿Quién soy si ya no puedo hacer aquello que me define?
No tenía respuesta.
Por primera vez me sentí perdido.
Por primera vez empecé a ganar peso.
Por primera vez sentí vergüenza de mi cuerpo.
Por primera vez comprendí que estar en forma y sentirse bien no son necesariamente la misma cosa.
Aun así, algo dentro de mí se negaba a rendirse.
Decidí terminar mis estudios.
Tomé más asignaturas, me quedé durante los veranos y conseguí graduarme antes de tiempo. Fue entonces cuando un profesor extraordinario despertó una nueva pasión en mí: comprender el cuerpo humano.
Me fascinaba la fisiología.
Me fascinaba entender cómo producimos energía, cómo nos adaptamos al esfuerzo y cómo encontramos formas de recuperarnos y sanar.
Esa curiosidad me llevó a la Universidad de Texas, donde fui aceptado en un Máster en Fisiología del Ejercicio y Metabolismo.
Creía que allí encontraría respuestas.
Y encontré muchas.
Aprendí sobre hormonas, metabolismo, rendimiento deportivo, diabetes y nutrición.
Pero había una pregunta que seguía sin respuesta.
Sabía cada vez más sobre cómo funcionaba el cuerpo humano.
Pero todavía no sabía cómo vivir dentro del mío.
La respuesta comenzó a aparecer donde menos lo esperaba.
Descalzo.
Sobre una esterilla de yoga en Austin, Texas.
Pero esa es una historia para otro día.
Ben Dessard.